| SMARA |
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Smara
« A excepción de la incursión guerrera de la columna Mouret, que en 1913 llegó hasta
allí en persecución de una partida rebelde, destruyendo parte de las edificaciones,
ningún hombre blanco pudo penetrar en el recinto sagrado de sus alminares, ninguna voz
extraña había interrumpido el silencio místico de sus calles, y Smara seguía para los
europeos bajo el embrujo de misteriosa leyenda, hasta que el poeta francés Michel
Vieuchage, enamorado del inquietante desconocido, siente la atracción insistente de la
ciudad dormida, que abandonada, en su recato, cubre los pies con el amarillento sudario
del Desierto.
Interesa a su hermano Jean en la empresa, y juntos preparan, prolijamente, la expedición. Michel emprenderá la aventura por las tierras calientes del Sáhara, mientras su hermano, desde Agadir, estará pronto a socorrerle o a gestionar su rescate en el caso de que alguna tribu, durante el camino, le hiciese prisionero.
Vestido de moro, acompañado de tres indígenas y dos mujeres más, a quienes ha pagado espléndidamente su complicidad,con tres camellos, la pequeña caravana emprende la peligrosa marcha hacia el sur.
Michel, con el ideal puesto en la realización de su ilusión persistente, marcha insensible a los rayos de un sol de fuego que amenaza calcinarle sobre el blanco sudario de arena.
Las moléculas de roca que el viento arrastra, ante su presencia parecen sentirse heridas en su virginidad, jamás hollada por un cristiano, y se vengan mordiendo con sus diminutas lenguas de fuego en la delicada piel del impertinente poeta. La exótica alimentación produce en su organismo trastornos que le impiden continuar tras los camellos, y entonces, metido en una especie de banasta, sobre uno de estos animales, sigue en la realización de su empresa.
Y un día, después de innumerables peripecias y peligros, cuando la fiebre de la disentería, que se le ha producido, está a punto de agotarle, descubre en el lejano horizonte, saliendo de la leyenda y de la fábula, la gran Kasba y los negros muros de las edificaciones levantadas por el esfuerzo de aquel Xej espiritual y guerrero que se llamó Ma-el-Ainín.
Solamente tres horas pudo permanecer en Smara, durante las cuales impresionó algunas fotografías, y el interior de una alcazaba pequeña, un poco separada del resto de las construcciones, enterró un frasco con las tarjetas de visita de él y de su hermano Jean y una nota, que decía: "Mi hermano Jean Vieuchage y yo, Michel Vieuchage, franceses, hemos hecho en común el reconocimiento de Smara,cada uno encargándose de una parte del trabajo: Mi hermano con la misión de socorrerme si cautivo o herido le llamase, y yo entrando en el Oasis el 1º de Noviembre de 1930."
Enfermo, con la satisfacción de la ilusión cumplida, regresa nuevamente Michel a Agadir, donde pocos días más tarde muere de disentería, que le había producido la mala alimentación y el abandono de aquellas jornadas.
Con esto Smara ganó en poesía, aunque se quebrara para siempre su encanto de leyenda, tanto tiempo oculta entre entre los muros requemados por el sol del Desierto. La enfebrecida ilusión de un poeta rompió el velo misterioso que la cubría. El hombre blanco,eterno niño que siente la inquietud persistente de saber y la aventura, quebró el jugete que con tanta ilusión ansiara, llegando por ello hasta ofrendar su vida.
Murió por verte, Smara. Tú fuiste, silenciosa ciudad del Desierto,el ensueño de su juventud irreflexiva y el sueño eterno de su muerte. Y así cuando el hálito calenturiento del interior mueve las gentiles palmeras que rodean su tumba, allá en Agadir, el susurro del viento parece musitar las bellas estrofas del poema:
Smara, ville de nos illusions...»
«IFNI - SMARA» J. A. López Garro. 1935